Pensamos en la eterna dualidad que nos tiende la vida: una apasionada e intensa inmersión en la esfera celeste o una empática solidaridad con la esfera terrestre. Cuando soñamos escabullirnos de la banalidad de un vivir tantas veces repetido, entregamos nuestra vida diurna a la contemplación metafísica, pero de pronto sobrecogidos por la abundancia de la tierra y la dificultad de renunciar a ella, pensamos en aquellas extrañas vidas dedicadas al cielo, y todas ellas nos hacen zigzaguear de un polo a otro, sin saber como eludir la repetición milenaria de actos supracodificados. Dejamos de saber si somos como las flores que viven para nacer y marchitar o como la luz que sin nunca morir, nos ilumina eternamente a todos. Quizá debamos entregar nuestra vida a aquel punto de equilibrio donde coinciden el desplegar de las mareas, de los días y de las noches, aquel impalpable horizonte donde el ojo cruza el espacio circular de la superficie de la tierra.
Entre en una sala pintada de azul marino y escritura blanca, con espacios claros. En en el centro de la pared había una hornacina y en la hornacina lo siguiente:
¿Qué decir de este tiempo local
De vuelo
Propio
Solar
Universal
Del tiempo de las efemérides
Atómico
Absoluto
Espectral?
Y qué decir de esas ondas de torsión
De gravedad
De gravitación
De las ondas electromagnéticas
De polarización
De probabilidad
Elásticas
Que iluminan el universo
Y nos atraviesan el cuerpo
Seguí visitando la casa pintada por aquel ser dedicado a la Luz. Entré en una sala de color verde, un espacio sorprendente distinto de los demas. Las paredes de verde oscuro y sin ornamentos, con un solo cuadro y unica versificacion circunscrita en el angulo, casi escondida. En el cuadro la bufanda verde realza el rostro de una joven cuyas trenzas lacias siguen la ondulación del torso abrigado con un manto azul marino. Bajo la falda calcetines amarillos y zapatos oscuros. Por encima de ella corre un rio con cuatro grupo de números que enmarcan pequeños bosques. Al lado de la joven corren letras y su dedo apunta a la pared sur donde en la penumbra aparece un joven sentado sobre dos trazos, como si él perteneciese a un dibujo filosófico. Estas dos lineas paralelas también podrian ser un sendero, y a sus pies dos ramas, cada una de ellas con dos hojas y un texto.
¿El querer?
Una locura circular
¿Y la locura circular?
Un trueno
¿Y el trueno?
Un cuerpo iluminado que pasea con alma etérea la idea de irradiar el mundo con el brillo de su fe. Esa es la locura del trueno.
Como la del alegre, cuyo espíritu no admite renunciar. Avanza con la seguridad de que siempre ganara concluyendo el trueque de antiguos ejes por nuevas direcciones. Esa insensatez que consiste en recorrer una infinidad de caminos aislados y libres como ejes solares. La magnificencia de ellos es querer clarear el mundo. Su hendidura aflora cuando comparan la redondez de la tierra a la de su fe y su recorrido con el de un cometa que iluminaria el afelio de nuestro planeta.
Algo como esos lazos amorosos a quienes la bioquímica atribuye la fuerza de un relámpago que nos impregna de itinerarios y de huellas. Trazados biológicos indelebles. Todo deja una huella geográfica en el cuerpo, un sendero vigilado por búhos. Quizá algo se pueda salvar de aquella vetusta y aburrida mitología que hace de la muerte la compañera de Eros, desde que la biología nos dice que un exceso de exaltación representa un verdadero peligro para nuestras neuronas que mueren en masa como bajo el efecto de una extraña crisis. Sera por eso que la evolución ha ido limando la capacidad de encandilamiento y poco a poco apartando todas las especies que tenían esa capacidad de fascinarnos. También puede ser que las especies maravilladas por su extraña belleza no logren sobrevivir.
Y a ti abuelo te tengo aquí. A menudo noto cuando cierras tu mano sobre la mía y cuando mi mano se deja ir encantada de ser apretada por la tuya, maravilloso fantasma estelar.
La biología no ha conseguido explicar esos lazos de éter, quizá porque le falta encontrar o reconocer el eje oculto que seguimos como un sendero desconocido. Siempre tantas cosas que nin los unos ni los otros entendemos.